Una angustia inexplicable y sin razón que calaba entre mis huesos, se mezclaba con mi sangre recorriendo cada una de mis venas y se convertía en un agua espesa que goteaba en mi frente... Inquietud, desesperación muda que no podía compartir con nadie porque no me creerían, o no me entenderían... o peor aún, los asustaría a ellos también...
Asustada, así me sentía. Temor sin fundamentos, ninguna razón más que un mal presentimiento, una corazonada de que algo oscuro se acercaba lentamente. Oscuro, pensé, ¿por qué sentimos miedo a la oscuridad? si la oscuridad no es otra cosa que la falta de luz, es irreal, no existe... Pero oculta, y es cómplice de lo desconocido.
Y huimos a lo desconocido, porque tememos que nos lastime. Así pues, preferimos quedarnos del lado de la luz pero ¿qué hacer? si la luz se desvanece con los buenos recuerdos y nos vemos obligados a explorar, aventurarnos a lo que no conocemos llevando en un bolsillo nuestro miedo y en el otro la esperanza.
Ahí estaba yo, angustiada, temerosa, sin encontrar ni un rastro de luz, y con un mal presentimiento... Entonces sentí una mano helada en mi hombro. El miedo congeló mi cuerpo haciendo que mi corazón se detuviera, e incapaz de voltear a mirar atrás, contuve la respiración y solo escuché un susurro escalofriante de una voz gruesa que me decía "Ya puedes abrir los ojos"
a mí me parece que tienes mucho talento, me gusta, tiene un noséqué que me deja pensando mucho sobre tu escrito...porque también he sentido que la muerte llama mi puerta ;)
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