jueves, 21 de febrero de 2013

Sin despedida.


Aun recuerdo la primera mañana que al despertar, lo primero que vi fue su rostro. Recuerdo cada detalle de ese día, tantos como para llenar una pequeña biblioteca. Fue un lunes de noviembre, el sol entraba por la ventana iluminando todo con intensidad. Recuerdo bien cuando lo vi partir, pensó que yo dormía, tomó su mochila y el libro que guardábamos en el buró. Sin saber que se iría para siempre, solo pude sonreír todo el día al recordar.

Él nunca lo sabría, pero dentro de las páginas de aquel libro se llevaría consigo una parte de mi corazón, la parte más importante, la parte que es capaz de amar sin importar la condición, la parte que tiene la habilidad de confiar a pesar de las decepciones, la parte que puede soñar aún cuando su ilusión le fuese arrebatada.

Él nunca lo sabría, y partiría a un lugar tan lejano que yo perdería el rastro de su aroma... aún sin saberlo a él le dolería, pero ese era el precio que debía pagar, el no entender qué parte de sí era la que tanto le ardía, el no entender la corazonada que le susurraba bajito "cometes un error".

Él nunca lo sabría. Yo en cambio lo tenía tan presente que nunca lo dejaría irse del todo. Él no volvería, pues no era de los que mira hacia atrás, pero yo... yo lo guardaría en un cofre en el fondo de mi mente, junto a los recuerdos más dulces, allí lo pondría, donde guardaba esa sonrisa que me hacía olvidar por qué estaba molesta, donde guardaba la ternura que me causaba su picardía, donde guardaba ese otro libro que contaba otra historia, nuestra historia.

Él... jamás regresaría, pero yo... tampoco nunca lo olvidaría.

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